Santo Domingo, 19 de abril de 2026 – Cuando un dominicano que vive en Nueva York, Miami o Madrid regresa al país, lo primero que escucha de sus familiares es la misma advertencia: “No manejes”. No es miedo a la delincuencia común. Es pánico puro a los motoconchos. Extranjeros que vienen de turismo o por negocios confiesan abiertamente que prefieren pagar un Uber caro o quedarse en el hotel antes que sentarse al volante. Las calles dominicanas se han convertido en un territorio donde la ley brilla por su ausencia y donde una simple fricción en el tráfico puede terminar en tragedia.

Las mujeres lo viven en carne propia cada día. Madres, esposas, hijas y profesionales que salen a trabajar o a estudiar saben que cruzar la ciudad es exponerse a un acoso constante: pitazos, frases groseras, maniobras suicidas y, en el peor de los casos, daño a los vehiculos en los semáforos, a la vista de todos. Las jóvenes universitarias se han convertido en la mayor preocupación de los padres. “Mi hija sale de la universidad y yo no duermo hasta que me avisa que llegó”, confiesa un padre santiaguero. El temor ya no es solo a la delincuencia tradicional; es a que una simple protesta o un roce accidental desate una turba de motoconchos que actúa como juez, jurado y verdugo.

Este fenómeno no surgió de la nada. Hoy circulan en el país casi 3.87 millones de motocicletas, que representan el 58 % del parque vehicular total. Cientos de miles operan como motoconchos informales: sin licencia adecuada, sin seguro, sin casco certificado y, sobre todo, sin respeto a las normas más básicas de convivencia vial. Se desplazan en doble fila, invaden carriles, frenan de golpe, se meten entre los vehículos y, cuando surge un conflicto, se organizan en segundos en hordas violentas. Lo que empezó como una solución de transporte barato para los más humildes se ha convertido en un problema de orden público, seguridad vial y degradación social.

El gobierno y la oposición comparten responsabilidad en esta parálisis. Los sucesivos gobiernos, incluido el actual, han preferido el paño tibio: promesas de “paradas seguras”, bonos y “diálogos” que nunca llegan a nada. Temen el costo electoral. La oposición, por su parte, espera agazapada cualquier medida de orden para salir a gritar “anti-pobre”, “represión” o “dictadura”. Mientras tanto, los ciudadanos decentes quedamos atrapados entre la espada y la pared: si te chocan, pierdes; si los chocas, pierdes; y si reclamas, te expones a una turba.

El caso más reciente y brutal es el de Deivy Abreu Quezada, de 41 años, chofer de camión de basura del Ayuntamiento de Santiago. El viernes 18 de abril, en plena Circunvalación Sur, un roce menor con una motocicleta desató la furia colectiva. Una turba de motoconchistas persiguió el camión, lo detuvo, rompió los cristales y apuñaló salvajemente al conductor frente al mismito Palacio de Justicia. Abreu Quezada murió horas después en el hospital. Hasta ahora han sido detenidos ocho motoristas. Este no es un hecho aislado: es la expresión más cruda de una impunidad que se ha normalizado.

Pero precisamente porque el presidente Luis Abinader no aspira a una nueva reelección, este es el momento histórico. No tiene por que temer a su popularidad en ese segmento. Tiene la mayoría congresual, la legitimidad de haber sido reelecto y, sobre todo, la oportunidad de pasar a la historia como el presidente que se atrevió a poner orden donde nadie quiso hacerlo.

La solución no es prohibir el motoconcho, eso sería imposible e injusto, sino regularlo con mano dura y sin titubeos: licencia por puntos obligatoria, inspección técnica vehicular anual, seguro obligatorio, paradas exclusivas controladas, uso masivo de cámaras y multas electrónicas, sanciones ejemplares contra la violencia colectiva y, sobre todo, inversión real en transporte público masivo para reducir la dependencia de este modelo caótico.

Abinader tiene ante sí la chance de hacer lo que ningún otro presidente ha tenido el valor de hacer: rescatar las calles para los dominicanos decentes. Si actúa ahora, con firmeza y sin miedo a los gritos políticos, su nombre quedará grabado no solo como el presidente que modernizó el país, sino como el que devolvió la tranquilidad y el respeto a las vías dominicanas.

El terror motoconcho lleva demasiado tiempo reinando. El momento de acabar con él es ahora. La historia no perdona a los presidentes que miran hacia otro lado cuando la ciudadanía clama por orden.

Foto de perfil

Edgar Caraballo

Ingeniero Electromecánico

Deja un comentario

Descubre más desde 849NOTICIAS.COM

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo