Por José Antonio González
En la política dominicana actual, donde los titulares pesan más que las ideas, conviene hacer una pausa y volver a un principio tan esencial como olvidado: la verdad. No la verdad como eslogan, ni como relato oficial, sino como la entendía Santo Tomás de Aquino: la conformidad entre lo que se piensa y lo que realmente es. Dicho de otro modo, ver la realidad tal como es, no como conviene mostrarla.
Ese principio, aunque antiguo, resulta más urgente que nunca. ¿Cuánto de lo que hacen o dicen los principales partidos políticos responde genuinamente a las necesidades del país, y cuánto obedece al cálculo electoral? ¿Estamos diseñando estrategias para transformar la realidad o simplemente para ganar tiempo y votos?
Los datos reflejan el costo de esa desconexión. Según Participación Ciudadana, con base en estudios de Latinobarómetro y LAPOP, menos del 20% de la población dominicana confía en los partidos políticos. Más grave aún: casi la mitad de los ciudadanos cree que la democracia podría funcionar sin ellos. Es una señal alarmante de la pérdida de legitimidad y credibilidad de estas organizaciones, y un síntoma del profundo desencanto que atraviesa al sistema.
El Partido Revolucionario Moderno (PRM), como organización en el poder, tiene hoy la responsabilidad de demostrar que el gobierno no se basa en la improvisación ni en el control narrativo. La ciudadanía no quiere solo cifras: espera acciones concretas. Reconocer errores, enmendar rumbos y actuar con transparencia no es debilidad, es madurez política. Gobernar con verdad es también gobernar con dignidad.
En la oposición, la Fuerza del Pueblo ha logrado posicionarse como una alternativa. Sin embargo, enfrenta un reto ineludible: no repetir los vicios del pasado con nueva fachada. No puede depender únicamente del desgaste del oficialismo, sino de una propuesta sólida, coherente y sincera. De lo contrario, será simplemente otro reciclaje de lo ya conocido.
El Partido de la Liberación Dominicana (PLD), tras un extenso ciclo en el poder y un claro proceso de desgaste, tiene quizá la prueba más difícil: reconectar con la sociedad desde la verdad, no desde la negación ni la nostalgia. Reconocer aciertos no basta si no se asumen también los errores. La memoria del electorado no es tan corta como algunos suponen.
Santo Tomás advertía también que la verdad no se impone: se camina. En política, eso significa escuchar, dialogar, corregir y aprender. También significa anteponer al ciudadano por encima del partido, y abandonar la lógica de la propaganda como único horizonte.
La República Dominicana de hoy es más crítica, más informada y menos dispuesta a ser manipulada. Hacer política sin verdad es cavar un pozo de desconfianza del que ningún partido sale ileso. El poder que no se sostiene en la verdad, tarde o temprano se desploma.
Si queremos una política que valga la pena, necesitamos líderes que no utilicen la estrategia para manipular, sino para transformar. Que vean al pueblo no como un voto, sino como una voz. Que no teman mirar la realidad a los ojos, aunque duela. Porque solo desde la verdad se puede construir algo que perdure.
