El huracán Erin alcanzó categoría mayor y agitó los mapas meteorológicos, pero no tocó suelo dominicano. Una vez más, el país quedó fuera de la ruta destructora de los grandes ciclones que, con furia, han golpeado a otras islas caribeñas y, en ocasiones, a nuestra propia tierra. ¿Suerte? ¿Capricho de la imprevisible naturaleza? Ambas cosas pueden decirse, pero ninguna debería adormecernos.
La memoria histórica está ahí para recordarnos que la República Dominicana no es inmune. Georges, David, San Zenón: nombres que aún resuenan con cicatrices imborrables en miles de familias. No basta con celebrar la fortuna de que Erin se desviara; lo esencial es reconocer la importancia de estar preparados, porque un cambio de trayectoria puede convertir la calma en desastre en apenas horas.
En ese sentido, el Centro de Operaciones de Emergencias (COE) cumple su papel: informar, alertar y coordinar la respuesta institucional. Sin embargo, la eficacia no depende únicamente de boletines y ruedas de prensa, sino también de una ciudadanía consciente y disciplinada, capaz de entender la seriedad de las advertencias y de actuar en consecuencia. La experiencia demuestra que casi siempre, las víctimas son aquellas que ignoran las instrucciones y subestiman el peligro.
Hoy respiramos aliviados, sí. Pero la verdadera tranquilidad no proviene del azar, sino de la prevención y la cultura de riesgo. Erin pasó de largo. Mañana puede que otro no lo haga, y entonces, la diferencia entre la vida y la tragedia dependerá de cuán en serio hayamos tomado las lecciones que la historia ya nos escribió con dolor.
