Por José Antonio González
Hace unos días leí algo interesante que decía que el peón es la figura más importante del ajedrez. Por tal motivo, tomando en consideración lo leído, he querido elaborar esta opinión.
En un tablero de ajedrez, el peón parece ser la pieza menos relevante. No tiene la potencia del alfil, la versatilidad del caballo ni la autoridad de la reina. Su avance es limitado, su rol, discreto. Y sin embargo, hay una dignidad profunda en su andar.
El peón no retrocede. No porque no pueda, sino porque su lógica es otra: avanzar, aunque sea un paso a la vez. No lo mueven el ego ni la ambición. No espera gloria. Cumple con su función con una convicción silenciosa, sabiendo que cada movimiento es una pequeña muestra de coraje. Porque el coraje no siempre es grandilocuente. A veces, simplemente es no detenerse.
Vivimos tiempos donde la política, muchas veces, se define por quienes gritan más fuerte, por los que imponen en vez de convencer, por aquellos que confunden protagonismo con liderazgo. Y sin embargo, lo que este país necesita no son más figuras espectaculares, sino más ciudadanos peón: comprometidos, perseverantes, dispuestos a sostener el tejido común con esfuerzo y ética.
La verdadera transformación no ocurre de golpe ni desde arriba. Se construye desde abajo, paso a paso, con trabajo honesto, con decisiones que no buscan aplausos, sino resultados. Como el peón, que al llegar al final del tablero puede transformarse, no por arrogancia, sino por mérito. Porque quien ha recorrido el camino sin traicionar su esencia, ha ganado el derecho a ser más.
En el tablero de nuestra democracia, quizás sea hora de valorar menos a quienes se mueven con espectáculo y más a quienes, con humildad y firmeza, construyen futuro desde lo cotidiano. Porque el país no se levanta con genios solitarios, sino con millones de peones decididos a avanzar, sin retroceder, hacia algo mejor.
Porque al final, como bien dijo Philidor, “el peón es el alma del ajedrez”.
Y tal vez también lo sea de la democracia.
