Analizar cifras sin ciclo ni entorno internacional conduce a conclusiones políticamente útiles, pero económicamente incompletas.
El expresidente Leonel Fernández ha planteado que el bajo crecimiento reciente y el aumento de la deuda evidencian un fracaso de la política económica actual. El argumento puede sonar atractivo en el terreno político. En el terreno técnico, es incompleto y en algunos puntos francamente oportunista.
Primero: hablar de “crecimiento insuficiente” sin contextualizar la mayor disrupción económica global en un siglo es una omisión deliberada. La pandemia no fue un evento local. Fue un colapso simultáneo de oferta y demanda a nivel mundial, seguido por una expansión fiscal y monetaria sin precedentes, una guerra en Europa del Este y el ciclo de alzas de tasas más agresivo de las últimas décadas.
Después de un shock de esa magnitud, ninguna economía seria pasa de recesión profunda a crecimiento estructural alto sostenido sin una fase intermedia de ajuste. No existe en la literatura macroeconómica ni en la evidencia histórica. Exigir ese salto es más retórica que análisis.
Segundo: el argumento sobre la deuda pública omite una variable clave. ¿Para qué se tomó esa deuda? En 2020 no endeudarse habría significado permitir quiebras masivas, destrucción de empleo y colapso del aparato productivo. El endeudamiento fue anticíclico y defensivo, como ocurrió en prácticamente todas las economías del mundo. Comparar deuda post-pandemia con deuda pre-pandemia sin incorporar ese hecho es metodológicamente incorrecto.
Tercero: la inflación. Se habla como si hubiera sido un fenómeno exclusivamente doméstico. Fue global. Energía, granos, fertilizantes y transporte aumentaron por factores externos. La pregunta técnica no es si los precios subieron, sino si el país perdió estabilidad cambiaria, reservas o acceso a financiamiento. Eso no ocurrió en la República Dominicana.
Cuarto: la narrativa del “crecimiento débil” ignora el ciclo económico. Después de una expansión extraordinaria, viene la normalización. Después del rebote estadístico, viene la desaceleración. Eso no es colapso; es transición. Confundir desaceleración con crisis es políticamente rentable, pero económicamente impreciso.
Quinto: comparar el entorno internacional actual con el de hace una década es una comparación asimétrica. El precio del dinero era históricamente bajo en el período previo. Hoy el financiamiento global es más caro, más escaso y más selectivo. Pretender que las tasas de crecimiento sean idénticas en contextos radicalmente distintos es desconocer cómo funcionan los ciclos macroeconómicos.
Nada de esto implica que no existan retos. Existen. La deuda debe converger, el crecimiento potencial debe fortalecerse y la inversión productiva debe aumentar. Pero afirmar que la economía está en crisis estructural porque atraviesa una fase de ajuste post-shock global no es un diagnóstico técnico; es una posición política.
El debate serio no es si el crecimiento hoy es menor que en años de expansión global sincronizada. El debate serio es si, tras el mayor shock económico del siglo, el país preservó estabilidad macroeconómica, confianza financiera y capacidad de recuperación.
Y la respuesta a esa pregunta no se puede construir con frases efectistas. Se construye con datos, con teoría y con responsabilidad. En definitiva, lo preocupante no es que existan críticas, eso es saludable en democracia, sino que se construyan sobre omisiones deliberadas del contexto, comparaciones asimétricas y exigencias macroeconómicamente inviables.
Reducir una fase de ajuste post-pandemia a un relato de colapso estructural es oportunismo político, no rigor económico. La macroeconomía no funciona por consignas ni por nostalgia de ciclos pasados; exige análisis intertemporal, comprensión del entorno global y sensatez técnica.
Cuando se ignoran esas variables para forzar una narrativa de crisis, se está haciendo campaña, no economía.
Edgar Caraballo
Ingeniero Electromecánico
