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Una verdad incómoda que muchas mujeres no quieren admitir

ByHéctor Julio Peña

Mar 9, 2026

En República Dominicana, el debate sobre masculinidad y relaciones de pareja está lleno de discursos bonitos y campañas institucionales que promueven al hombre “moderno”, sensible, igualitario y permisivo. Pero la realidad cotidiana cuenta una historia muy distinta: el hombre que se exige en público no es el que muchas mujeres terminan respetando, deseando ni manteniendo a largo plazo. Este artículo va directo al grano, sin rodeos ni eufemismos, porque la hipocresía del doble discurso ya no aguanta más silencios.

Más de 5 mil años de psicología evolutiva no van a desaparecer con un discurso mediático o político conveniente, por mucho que se repita en redes sociales o programas de televisión. No es un capricho moderno ni una moda ideológica: es el resultado de milenios de adaptación humana donde las mujeres, instintivamente y culturalmente, han seleccionado parejas con rasgos de fuerza, autoridad, dominancia y protección. En entornos ancestrales, un hombre blando, dubitativo o excesivamente permisivo no era viable para la supervivencia; era el macho definido, el autoritario que resolvía amenazas, proveía recursos y garantizaba seguridad para ellas y su descendencia. Esa programación biológica y cultural no se borra con unas pocas décadas de consignas feministas o campañas de “nueva masculinidad”.

El verdadero problema no está en los hombres, que intentan adaptarse a este lío confuso de expectativas contradictorias. El nudo está en el mercado del amor actual en República Dominicana, donde son LAS MUJERES las que, en la práctica, solicitan y premian perfiles de hombres machos, definidos y autoritarios. Pueden predicar en público que quieren un compañero sensible, que lave platos, que escuche sin imponer, que sea casi un amigo neutral. Pero en la realidad cruda de las citas, las relaciones y las decisiones cotidianas, rechazan a ese tipo: lo ningunean, lo ven como débil, lo convierten en un “mamita” ridiculizado y terminan con una propensión brutal a la infidelidad para buscar al que sí tiene carácter —el que cela, el que protege con firmeza, el que pone límites y resuelve problemas reales como el vecino conflictivo, el padre del colegio que molesta al hijo, la estabilidad económica o el reconocimiento social.

Mira los datos sin filtros: estudios en psicología evolutiva, como los de David Buss, muestran que las preferencias femeninas siguen priorizando estatus, confianza, dominancia y capacidad de provisión, incluso en mujeres empoderadas económicamente. En sociedades latinas y en RD específicamente, donde la presión social es feroz, una mujer independiente puede hablar de igualdad todo el día, pero en apps de citas o en su círculo social filtra por hombres con dinero, carro y actitud fuerte. El “mercado del amor” es un juego de oferta y demanda: las mujeres controlan el acceso sexual y relacional, y su demanda real —no la declarada— es por el proveedor autoritario que las hace sentir seguras y deseadas. El hombre “moderno” que se traga el discurso entero termina en la friendzone eterna, cornudo o divorciado, porque no genera respeto ni atracción sostenida.

En la práctica cotidiana dominicana, el hombre que se pide en el discurso público —el sensible, permisivo, casi desdibujado, el que “comparte responsabilidades” sin imponer nada— no es el que las mujeres terminan respetando, deseando o manteniendo a largo plazo. Ese hombre es ninguneado, rechazado o convertido en un mueble más en la casa. No genera atracción sostenida ni se le respeta como figura de autoridad o resolución. Cuando aparece la oportunidad, la propensión a la infidelidad se dispara porque, en el fondo, lo que se busca es sentir que hay un hombre de verdad en la relación: uno con carácter, que proteja, que resuelva problemas reales y que no se deje pisotear. Uno que, en palabras directas, haga sentir mujer a plenitud.

El doble discurso es brutal y evidente: en televisión, redes, y debates se promueve al hombre “moderno”, casi afeminado en su permisividad extrema. Pero en la intimidad de las relaciones, ese modelo no sobrevive. Muchas terminan aburridas, frustradas o buscando fuera al tipo que públicamente negaron: el controlador, el seductor, el proveedor con espinas incluidas. Esas espinas —celos, liderazgo, firmeza— son las que generan el respeto y la admiración que el discurso dice rechazar, pero que la biología cultural y miles de años de evolución social siguen reclamando.

Por más que se declaren feministas radicales, por más que retuiteen consignas de igualdad y critiquen el machismo en redes, las mujeres siguen babeando por Bad Bunny, el rey del reggaetón que sexualiza, cosifica y trata a las mujeres como trofeos intercambiables en sus letras. Lo mismo pasa con Henry Cavill, el superhombre literal: Superman en carne y hueso, el protector invencible, el macho alfa con mandíbula de acero o Mario Cimarro, el galán de telenovelas, el macho latino clásico: moreno, musculoso, seductor implacable, controlador apasionado que hace temblar a la protagonista con una mirada. Las mujeres lo devoran en pantalla, reviven sus escenas una y otra vez, porque representa exactamente lo que el discurso dice rechazar: el hombre que toma, que posee, que no pide permiso para desear con intensidad.

En cambio, nadie sexualiza ni babea por Franco De Vita, el romántico sensible, el que canta baladas profundas sobre amor maduro y vulnerabilidad emocional. Lo mismo con el grupo Camila: todo el mundo se sabe “Mientes”, “Todo cambió” o “Abrázame” al pie de la letra, pero la mayoría ni sabe los nombres de los vocalistas Nadie fantasea con ellos como con los reggaetoneros rudos, todas quieren a Wisin, el que impone flow, el que grita, el que domina el escenario con actitud de macho alfa reggaetonero. Nadie sueña con Yandel, el más “suave” del dúo, el que canta las partes melódicas. Wisin es el que excita; Yandel es el que acompaña. La preferencia no miente: el dominante gana.

No es casualidad que la infidelidad femenina haya aumentado notablemente en las últimas décadas en contextos como el dominicano. Aunque las estadísticas locales específicas sobre tasas exactas varían, encuestas y observaciones indican un cierre de la brecha con los hombres, con incrementos reportados en ambos sexos (incluyendo subidas del 35-40% en mujeres en periodos de 20 años en estudios generales). No es solo “empoderamiento” o independencia económica; es que el hombre “ideal” del discurso no sacia el deseo profundo de protección y jerarquía que persiste en la dinámica de pareja.

La historia lo respalda: sociedades enteras valoraron al protector fuerte porque era supervivencia. Cambiar eso con consignas en unos pocos años es ilusorio.

Resultado: el hombre que se adapta al 100% al nuevo molde termina siendo el cornudo consentido, el que lava platos y escucha todo pero no genera deseo ni respeto. Lo ningunean en privado, lo rechazan sexualmente con excusas y, cuando surge la tentación, la infidelidad aparece como válvula de escape. Porque al final, muchas prefieren quedarse solas o buscar al “macho” que dicen odiar antes que conformarse con un compañero de piso sin fuego.

Sin rodeos ni censura: en RD, el hombre que no impone respeto —por dinero, carácter o capacidad de resolver— no vale. Y el que sí lo impone, aunque lo critiquen en público, es el que se queda con el deseo real. El discurso miente; la calle no.

Esto no es machismo inventado; es biología cultural reforzada por la sociedad dominicana, donde la pobreza masculina es un pecado imperdonable y la debilidad percibida es un suicidio social. Las mujeres no están preparadas para el hombre que promueven en el discurso porque, en el fondo, no lo quieren. Lo usan como excusa para criticar, pero buscan al opuesto: el que las “cela”, las defiende, las hace sentir mujeres plenas con sus “espinas” incluidas.

Mientras no se confronte esta hipocresía directamente —sin victimismos ni eufemismos—, los hombres seguirán rompiéndose en esa tensión, y las relaciones en RD seguirán siendo un campo minado de mentiras mediáticas y deseos reprimidos. La solución no es cambiar solo a los hombres; es que las mujeres admitan qué perfil solicitan de verdad en este mercado desequilibrado, porque son ellas las que dictan las reglas del juego.

Esa es la verdad incómoda que pocos quieren decir en voz alta.

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Edgar Caraballo

Ingeniero Electromecánico

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