Mientras se habla de redefinir la masculinidad, la sociedad sigue midiendo el valor del hombre por su capacidad de proveer.
La ministra de la Mujer, Gloria Reyes, tiene razón en algo fundamental: sobre los hombres dominicanos pesa una presión social enorme. Quizás por eso sus palabras durante una entrevista en la emisora Z101 se hicieron virales con tanta rapidez. Tocó una realidad que muchos reconocen, aunque pocas veces se discute con franqueza. Sin embargo, cuando uno observa el fenómeno con más detenimiento, descubre que detrás de esa presión existe una trama mucho más compleja de expectativas, contradicciones y normas sociales que también influyen en el comportamiento de los hombres. Comprender esa realidad exige mirar el problema en toda su dimensión, porque es justamente en esa encrucijada donde comienza la verdadera discusión.
Las palabras de la ministra dejan al descubierto una contradicción que rara vez se aborda con honestidad en la sociedad dominicana. Por un lado, se plantea que los hombres deben cambiar, que es necesario construir una “nueva masculinidad”. Pero, al mismo tiempo, se reconoce algo que cualquiera que observe la realidad cotidiana sabe: ser hombre en la República Dominicana tampoco es fácil.
El hombre dominicano parece estar en medio de una disputa permanente, como un muñeco de trapo halado por dos niños que tiran de sus brazos en direcciones opuestas. De un lado se le exige abandonar los patrones tradicionales de masculinidad; del otro, se le sigue evaluando precisamente con esos mismos criterios tradicionales. La tensión entre ambas expectativas termina por desgastar y confundir.

En el discurso público y moderno se habla de igualdad, pero en la práctica social los parámetros siguen siendo muy claros: el hombre debe ser proveedor. Debe tener dinero, estabilidad, capacidad de invitar, pagar, resolver. Un joven sin recursos económicos difícilmente será visto como un prospecto atractivo, independientemente de sus valores, su educación o su potencial. En términos simples y crudos, la pobreza masculina no es socialmente tolerada.
Quien les habla tiene mas de 20 años observando un fenomeno en la vida universitaria dominicana, durante todo este tiempo puede notar pequeños detalles que dicen mucho:
Es perfectamente normal ver a estudiantes mujeres llevar comida preparada desde su casa para ahorrar dinero y sentarse a comer en cualquier banco del campus. Nadie lo cuestiona. Nadie lo interpreta como señal de fracaso. Pero un hombre que haga lo mismo probablemente será objeto de burlas o comentarios despectivos.
En el imaginario social dominicano, un hombre que no puede comprar su comida “está arrancado”. Y un hombre arrancado pierde inmediatamente valor social.
Ese tipo de presiones explica por qué muchos jóvenes terminan priorizando el trabajo sobre los estudios o abandonando la universidad antes de tiempo. No lo hacen necesariamente por irresponsabilidad, sino por la necesidad urgente de insertarse en una competencia social donde el valor masculino se mide en función del dinero que produce.
Mientras tanto, en las universidades ocurre un fenómeno que también merece ser observado con atención: las mujeres superan ampliamente a los hombres en matrícula y permanencia académica, en muchos casos en proporciones cercanas al dos a uno. Cada año se gradúan más mujeres que hombres en la mayoría de las carreras. Es un avance importante para la igualdad de oportunidades, sin duda, pero también refleja que algo está ocurriendo con los hombres jóvenes, que cada vez con mayor frecuencia se ven empujados fuera de las aulas y hacia el mercado laboral antes de tiempo, precisamente por esas presiones económicas y sociales que recaen sobre ellos desde edades muy tempranas.
EL DOBLE DISCURSO SOCIAL
Aquí aparece el gran doble discurso de nuestra época. En los medios y en el debate político se promueve la figura de un hombre moderno, sensible, menos dominante, más dispuesto a compartir responsabilidades. Pero en la vida real, muchas mujeres siguen esperando —y valorando— al hombre tradicional: seguro, fuerte, protector y, sobre todo, proveedor.
El resultado es una contradicción permanente. Se le dice al hombre que abandone el modelo tradicional, pero se le castiga socialmente cuando deja de cumplirlo. Se le pide que sea más sensible, pero también que sea económicamente fuerte. Se le habla de igualdad, pero sigue siendo él quien debe pagar la cuenta.
Este tipo de tensiones generan una presión silenciosa que pocas veces se reconoce en el debate público. Mientras la conversación sobre género se concentra casi exclusivamente en cómo deben cambiar los hombres, se ignora una pregunta fundamental:
¿está realmente la sociedad dispuesta a aceptar ese cambio?
Porque si el valor social del hombre sigue dependiendo de su capacidad de proveer, de pagar, de sostener y de proteger, entonces el mensaje que reciben los jóvenes es brutalmente claro: si no tienes dinero, no vales.
Esa presión explica por qué tantos jóvenes terminan tomando atajos peligrosos, involucrándose en negocios dudosos o sacrificando su formación con tal de alcanzar rápido el símbolo más poderoso de respeto social: el dinero.
Por eso, antes de exigir que el hombre cambie, quizás habría que empezar por algo más honesto: preguntarle también a la sociedad —y especialmente a las mujeres— qué tipo de hombre es realmente el que quieren. Porque el proveedor tradicional viene con siglos de comportamientos y expectativas que no se desmontan simplemente con un discurso televisivo.
La realidad es que el hombre dominicano de hoy vive atrapado entre dos narrativas incompatibles: la del proveedor fuerte que la sociedad espera, y la del hombre redefinido que el discurso público exige.
Y mientras esa contradicción no se resuelva, la conclusión seguirá siendo incómoda, pero evidente: en la República Dominicana, más que nunca, este no es un país para hombres pobres.
Edgar Caraballo
Ingeniero Electromecánico
