En los últimos años, se ha popularizado un discurso tecnocrático que insiste en que el futuro de República Dominicana depende de cuántos ingenieros en inteligencia artificial, ciencia de datos o blockchain podamos formar. Las redes sociales y algunos opinadores disfrazados de futuristas repiten, casi como un mantra, que debemos adaptar nuestras universidades al siglo XXI incluyendo carreras que suenan vanguardistas, sin detenerse a pensar si nuestra economía tiene cómo absorber esos egresados.
Pero, ¿de verdad ese es el camino que necesita el país?
La realidad dominicana es muy distinta a la de los países que lideran la revolución tecnológica. Aquí, el verdadero dolor de cabeza del empresariado —y del mismo Estado— no es la falta de ingenieros en IA. Es que ni los bachilleres ni gran parte de los nuevos profesionales saben manejar una hoja de cálculo (Excel). El nivel general de competencias básicas es alarmantemente bajo, y seguimos graduando jóvenes que no encuentran empleo simplemente porque no tienen las destrezas mínimas que exige el mercado.
Mientras algunos sueñan con laboratorios de IA y “big data”, el aparato productivo dominicano clama por técnicos en soldadura, plomería, refrigeración, electricidad, mecánica automotriz y electrónica básica. El país necesita cubrir su déficit de mano de obra calificada en áreas concretas y prácticas, no alimentar la ilusión de que todos debemos ser ingenieros del futuro.
Formar carreras sin salida laboral es una irresponsabilidad. Ya lo hemos visto en otros países: Cuba, por ejemplo, está llena de taxistas que son médicos o ingenieros sin empleo. Un título universitario no garantiza inserción laboral si no responde a una necesidad concreta de la economía.
Antes de crear carreras de “infraestructura digital” o “ingeniería de datos”, recordemos que hace décadas existían también carreras igual de sofisticadas como ingeniería nuclear, ingeniería en turbinas de gas, ingeniería en criogenia o diseño de vehículos. Nunca se impartieron en República Dominicana porque nunca fueron necesarias para nuestro modelo de desarrollo. Hoy pasa lo mismo con muchas de estas carreras “modernas”: no es que estén mal, es que no responden a la realidad dominicana.
El verdadero reto está en incorporar al ejército de jóvenes “ninis” y motoristas sin esperanza al aparato productivo, formándolos con rapidez, calidad y enfoque técnico.
Un país no se gobierna por modas, se gobierna por realidades. Y la nuestra nos exige sensatez: profesionalizar a nuestra juventud en lo que realmente mueve nuestra economía. No en lo que suena bonito en una charla TED.
Antes de dejarnos arrastrar por el entusiasmo tecnológico, conviene hacernos algunas preguntas básicas:
¿Es República Dominicana el país que va a competir en el campo de la inteligencia artificial contra China, India, Estados Unidos o Alemania?
¿Tenemos acceso a los chips de alto rendimiento que son exclusivos para entrenar modelos de IA?
¿Contamos con centros de datos, talento especializado, inversión en I+D y un ecosistema tecnológico capaz de sostener esa ambición?
La respuesta es obvia. Y mientras soñamos con competir en una carrera para la que ni siquiera hemos comprado los zapatos, descuidamos las competencias que sí pueden transformar vidas y mover la economía hoy mismo.
Edgar Caraballo
Ingeniero Electromecánico
