Por Edgar Caraballo
Muchos pensarán que esto es una locura, una blasfemia histórica o una exageración inadmisible; algunos incluso dirán que este escritor debería estar preso por plantearlo. A esos les recomiendo algo simple: tomen un poco de agua, respiren y lean con calma este artículo. Si lo hacen sin prejuicios, les garantizo que al final no solo estaremos de acuerdo en el fondo del planteamiento, sino que además recordarán una lección de historia que la mayoría ha olvidado: que los grandes cambios culturales no siempre comienzan con armas ni discursos políticos, sino con símbolos, arte y conciencia colectiva.
Lejos de las calidades artísticas, de la vulgaridad innecesaria en alguna de sus letras, lo que Bad Bunny hizo fue una especie de filantrópica en el centro, en el corazón del orgullo norteamericano. Su actuación en el show de medio tiempo del Super Bowl LX no fue simplemente un espectáculo musical, sino una intervención cultural con carga política profunda, comparable —en su función social y simbólica— a los usos estratégicos del arte promovidos por Juan Pablo Duarte durante la lucha independentista dominicana en el siglo XIX.
Arte con propósito político: de La Dramática al Super Bowl

Juan Pablo Duarte y sus compañeros de La Trinitaria fundaron múltiples asociaciones filantrópicas, entre ellas La Filantrópica y La Dramática, con un propósito claro: difundir ideales nacionalistas y despertar conciencias bajo la ocupación haitiana. En esa época, el teatro no fue mero entretenimiento; fue un medio directo y efectivo para transmitir ideas de libertad y emancipación al pueblo dominicano, en un contexto donde otros canales de comunicación estaban restringidos o controlados por el poder opresor. En La Dramática, Duarte y los trinitarios escenificaban tragedias y comedias que representaban figuraciones de la lucha de un pueblo contra un gobierno sometedor, educando y movilizando al público desde la escena misma.

De manera análoga, Bad Bunny transformó el escenario más visto de la televisión en un teatro político simbólico. Su show, casi en su totalidad en español y lleno de símbolos culturales —desde campos de caña que remiten al legado del trabajo caribeño y al colonialismo hasta escenas de vida comunitaria latina— funcionó como un acto de representación colectiva.
Simbolismo desde el escenario
Los símbolos diseminados en la puesta en escena no fueron casuales:
- El desplazamiento por campos de caña de azúcar evocó trabajo, identidad rural y los residuos históricos de las economías coloniales.
- La presencia de puestos culturales (coco frío, dominó, raspados), banderas latinoamericanas y una réplica de La Casita consolidaron la identidad comunitaria y festiva.
- Al concluir, el mensaje “Together, we are America” (Juntos, somos América) y la referencia explícita a países de todo el continente desafió la noción anglocéntrica de “América” como sinónimo exclusivo de Estados Unidos.
En su conjunto, estos elementos funcionaron como piezas de un drama narrativo: una representación de la diversidad, dignidad y resistencia de los latinoamericanos bajo narrativas históricas de exclusión y marginalidad. Un espectáculo que, para millones de espectadores globales, colocó temas políticos, identitarios y sociales en el centro de una narrativa cultural hegemónica.
Una revolución silenciosa desde el arte
Así como La Dramática fue una herramienta para mantener viva la idea de libertad y soberanía entre dominicanos bajo dominación extranjera, Bad Bunny utilizó el arte para proyectar una revolución cultural silenciosa: una reivindicación de identidades latinas, una crítica implícita a exclusiones y persecuciones migratorias —incluidas las políticas del ICE en Estados Unidos— y una convocatoria a repensar quiénes somos como pueblos y como continente.
Este uso del arte como vehículo para reimaginar relatos culturales dominantes es inherente a toda lucha emancipadora: convierte escenarios en escenarios de imaginación política y espectadoras/os en audiencias críticas. Duarte entendió esto hace casi dos siglos al llevar la política al teatro; Bad Bunny lo entendió al llevar la política al Super Bowl. Ambos, en sus contextos respectivos, convirtieron la escena en espacio de conciencia colectiva y reafirmación de identidad.
Quizás sea controvertido afirmar que un artista contemporáneo de reguetón es heredero de los métodos de un prócer independentista, pero la analogía no es gratuita: el arte como instrumento de transformación social, cultural y política persiste como práctica estratégica a lo largo de la historia. En ese sentido, Bad Bunny —con su espectáculo lleno de símbolos y mensajes— se erige como un discípulo moderno del espíritu de Duarte: un hacedor de narrativas que sitúan al arte como fuerza cohesiva de orgullo, resistencia y visibilidad para pueblos históricamente marginados en el centro de la escena global.










