La reciente decisión del director general de aduanas, Eduardo Sanz Lovatón, de declarar la guerra al comercio ilícito chino en el país merece un reconocimiento. Se trata de una medida oportuna y valiente frente a un fenómeno que ha venido gestándose de manera silenciosa, pero sostenida: la expansión de los negocios chinos en la República Dominicana, con el riesgo inminente de que lleguen a monopolizar el mercado de detalle.
Hoy basta recorrer cualquier municipio para notar que el patrón se repite. Además de los tradicionales pica pollos y supermercados, los comerciantes chinos han implementado un nuevo esquema: supertiendas que centralizan de todo, desde accesorios para celulares, ropa y electrodomésticos, hasta muebles, ferreterías e incluso sex shops. Han llegado por todo, con una capacidad de expansión e invasión que supera con creces a la de los dominicanos. Estimaciones no oficiales calculan que ya existen más de 2,000 establecimientos chinos de este tipo distribuidos en todo el país.

En localidades relativamente pequeñas, como Los Alcarrizos, con apenas 48 kilómetros cuadrados, ya operan más de diez tiendas chinas, con proyectos para construir otras. La magnitud es tan desproporcionada que pone en evidencia una estrategia bien diseñada y financiada.
La estrategia china: reventar y centralizar el mercado

No se trata de competencia libre en condiciones iguales. Detrás de estas cadenas de negocios hay una política del Estado chino que subsidia y financia estas grandes tiendas en el extranjero, con el objetivo de garantizar la colocación masiva de sus productos. Primero, abaratan precios a niveles que revientan a los pequeños y medianos comerciantes locales; después, centralizan la comercialización y se convierten en únicos proveedores.
Ejemplos sobran. En México, según reportes de la Cámara de Comercio de la Ciudad de México, la zona del Zócalo pasó a ser prácticamente dominada por comerciantes chinos, desplazando al comercio local y obligando al gobierno a intervenir. En África, y en varias capitales latinoamericanas, el patrón ha sido similar: China no se conforma con ser el “taller del mundo”, quiere también controlar la distribución y la venta directa.

El riesgo dominicano

Si el fenómeno sigue avanzando sin regulación, la República Dominicana corre el riesgo de perder uno de sus pilares económicos: el comercio de detalle, que ha sido históricamente la base del emprendimiento local y de miles de familias. En poco tiempo, un colmado, una tienda de barrio o un pequeño comercio familiar quedarán sin posibilidad de competir.
El dinero que los dominicanos gastan en esas tiendas no se reinvierte en la economía local: fluye directamente hacia China. Y el impacto no es menor. Cada peso que sale del circuito comercial nacional significa menos empleos, menos impuestos y menos oportunidades para los comerciantes locales.
La respuesta necesaria

Por eso la medida anunciada por el Director de Aduanas, Yayo es un paso en la dirección correcta. Pero debe ir más allá del combate al comercio ilícito: es necesario diseñar una política integral de protección al comercio dominicano, que incluya:
- Regulaciones claras sobre licencias y permisos.
- Incentivos para los pequeños y medianos comerciantes.
- Fiscalización rigurosa de las prácticas de subvaluación y evasión de impuestos.
- Estrategias municipales que garanticen equilibrio en la distribución de los negocios.
La apertura comercial no debe significar la rendición del comercio local ante una estrategia extranjera de monopolización. La República Dominicana necesita inversión, pero no a costa de desmantelar su tejido económico y cultural.
Felicitamos a “Yayo”Sanz Lovatón por dar el primer paso en esta lucha. El desafío es grande: enfrentar un modelo que busca reventar el mercado para luego dominarlo por completo. El momento de actuar es ahora, antes de que sea demasiado tarde y el comercio dominicano quede reducido a espectador en su propia tierra.
Edgar Caraballo
Ingeniero Electromecánico
