Por: Edgar Caraballo
En las últimas horas, una declaración de la vicepresidenta Raquel Peña ha irrumpido en la escena política dominicana como un trueno en cielo despejado. Según reportes de la prensa nacional, Peña afirmó que “nunca soñó con ser vicepresidenta, pero sí con ser presidenta de la República”. Estas palabras, dichas en un evento en Santiago, han caído como una piedra en el estómago del Partido Revolucionario Moderno (PRM). Lo que parecía un comentario casual ha destapado una caja de Pandora que podría reconfigurar el panorama político interno del partido y, por extensión, del país.
Raquel Peña, una figura respetada en el ámbito empresarial y académico, llegó a la vicepresidencia en 2020 como una outsider en el mundo de la política partidista. Su selección como compañera de boleta de Luis Abinader, entonces candidato presidencial, fue una sorpresa para muchos. Sin trayectoria en las trincheras de la militancia, sin un historial de cargos electivos ni una base de apoyo visible entre diputados, senadores, alcaldes o regidores, Peña era una desconocida en los círculos políticos del PRM. Su perfil —una empresaria exitosa con formación sólida— le dio un aura de tecnócrata competente, pero en materia de política partidista, su conocimiento parece tan profundo como el que tendría un ciudadano promedio sobre mecánica cuántica.
El PRM, un partido difícil por sus orígenes, con una militancia celosa por las carreras políticas forjadas en el tiempo, ha sido históricamente crítico con el oportunismo y el “paracaidismo”. Curiosamente, hasta ahora el ascenso de Peña no encaja en esa narrativa de rechazo a los recién llegados. Su designación fue una apuesta estratégica de Abinader, quien vio en ella una figura fresca y sin las cicatrices de la vieja política. Hasta ahora, su rol como vicepresidenta ha sido impecable en términos de gestión —coordinando el Gabinete de Salud durante la pandemia y proyectando una imagen de estabilidad— pero nunca se le había percibido como una contendiente en la arena electoral. Su reciente declaración, sin embargo, cambia el tablero de juego.
La ambición presidencial de Peña podría interpretarse como un ensayo para una futura fractura dentro del PRM. Aunque no hay evidencia concreta de que esta aspiración sea una “línea” directa del presidente Abinader, la sola insinuación de su candidatura plantea un dilema. Por un lado, su jerarquía como vicepresidenta y su cercanía al mandatario le otorgan un peso simbólico que no puede ignorarse. Por otro, dentro del PRM ya existen dirigentes de peso —con estructuras consolidadas y años de militancia— que vienen tejiendo sus propias aspiraciones para 2028. Nombres como David Collado, Carolina Mejía, Eduardo Sanz Lovatón o incluso figuras emergentes del ala más tradicional del partido podrían ver en Peña una afrenta, no tanto por su capacidad, sino por su falta de arraigo en las bases.
Aquí entra en escena un factor más oscuro: los intereses detrás de su posible candidatura. Quienes conocen las entrañas del PRM saben que el partido no es un monolito. Hay fuerzas económicas y grupúsculos que podrían estar promoviendo a Peña, no porque crean genuinamente en su viabilidad frente a un candidato opositor —como Leonel Fernández—, sino porque ven en ella una oportunidad de posicionamiento personal. Al “hacerse los graciosos” con la vicepresidenta, estos sectores buscan convertirla en su protectora, en una aliada que, desde la cima del poder, defienda sus intereses. ¿Y quién rechazaría tener a la vicepresidenta de la nación como abanderada de sus causas?
El problema de fondo es que la política dominicana no es un juego de méritos académicos ni de buenas intenciones; es una danza de alianzas, lealtades y, sobre todo, de capacidad para movilizar votantes. Peña, con todo su prestigio, carece de una maquinaria política propia. Su sueño presidencial, por ahora, parece más un deseo personal que un proyecto estructurado. Pero en un país donde las ambiciones suelen germinar en terrenos impredecibles, subestimarla sería un error.
El PRM enfrenta ahora un desafío interno: ¿abrazará la candidatura de Peña como una extensión del legado de Abinader o la verá como una amenaza a su cohesión? La respuesta dependerá de cómo el presidente maneje esta curva “inesperada”. Por lo pronto, las palabras de la vicepresidenta han encendido una chispa que podría, con el tiempo, convertirse en un incendio. En política, los sueños a veces se cumplen, pero casi siempre a costa de una guerra interna. Y en el PRM, esa guerra podría estar apenas comenzando.
Edgar Caraballo
Ingeniero Electromecánico
