Por Edgar Caraballo
En un rincón olvidado del municipio de Los Alcarrizos, donde la miseria y el olvido se habían convertido en vecinos permanentes, ha surgido una luz de esperanza que merece ser reconocida y aplaudida. Hablamos de la acción humanitaria y justa llevada a cabo por el alcalde Junior Santos, quien ha demostrado que la verdadera esencia del liderazgo municipal no reside en grandes proyectos de infraestructura, sino en la capacidad de ver y resolver los problemas de los más vulnerables.
Durante años, más de 54 familias vivieron en condiciones infrahumanas, hacinadas en las instalaciones de una escuela en construcción, un lugar que debería haber sido un símbolo de educación y progreso. Sin embargo, estas familias no solo carecían de un hogar digno, sino también de la atención y el respeto que merecen como seres humanos.
El desenlace de este capítulo oscuro no fue obra del azar ni de la apatía institucional. Al contrario, fue gracias a la intervención directa y humanitaria del alcalde Junior Santos que estas familias lograron una salida digna, pactada y, lo más importante, sin violencia. Este acuerdo, aunque quizás no sea el ideal, representa un compromiso con la dignidad humana, un principio fundamental que a menudo se pierde en el laberinto de la burocracia y las agendas políticas.
Es impórtate destacar que esta acción no estaba dentro del ámbito de responsabilidad directa del Ayuntamiento de Los Alcarrizos. La escuela no era de su propiedad, ni los terrenos pertenecían al municipio. Estas familias estaban ocultas, literalmente, en un monte, lejos de la vista pública y de las preocupaciones de muchos. Sin embargo, el alcalde Santos decidió actuar, demostrando que su compromiso no es solo con la imagen del municipio, sino con cada uno de sus habitantes, independientemente de su situación o visibilidad.
Desde el día del desalojo, he tenido el privilegio y la responsabilidad de documentar y estar cerca de estas familias. He visto de primera mano el alivio y la gratitud en sus rostros. He sido testigo de cómo, después de cuatro largos años, se cierra un capítulo que podría haber terminado en un escenario mucho más sombrío, como el persistente caso de Pedro Brand.
Hoy, en nombre de todos aquellos que creemos en la justicia y en la humanidad, quiero expresar mi más profundo agradecimiento al alcalde Junior Santos. Su gesto no solo ha cambiado la vida de estas 64 familias, sino que ha recordado a todos nosotros que la verdadera grandeza de un líder se mide por su capacidad para servir a los más necesitados.
Espero que este acto inspire a otros líderes, no solo en Los Alcarrizos sino en todo el país, a mirar más allá de las estadísticas y los votos, hacia las vidas y las necesidades reales de las personas. Porque, como dijo nuestro padre fundador Juan Pablo Duarte, “debemos ser justos si queremos ser felices.” Y hoy, en Los Alcarrizos, hemos dado un paso significativo hacia esa felicidad colectiva.
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