Santo Domingo- En los últimos días, ha tomado fuerza una corriente populista enfocada en examinar con lupa cada gasto del gobierno bajo la bandera de la “calidad del gasto público”. Este movimiento se intensificó tras la reciente propuesta de reforma tributaria presentada en el Congreso y luego retirada por el presidente Abinader. La situación ha generado un clima de cuestionamientos y demandas de austeridad extrema que, aunque buscan mayor eficiencia, también plantean el riesgo de llevar al gobierno hacia un estado de miseria institucional.
En el debate nacional sobre la eficiencia del gasto público, hay una línea muy delgada entre lo que constituye una administración responsable de los recursos del Estado y lo que termina siendo una política pública de miseria. Es impórtate que se establezcan las diferencias entre un gobierno austero, enfocado en la calidad del gasto, y un gobierno que, en nombre de la austeridad, se convierte en un ente ineficaz y paralizado.
El principio de austeridad es esencial. En un país donde los recursos son siempre limitados y las necesidades son muchas, resulta necesario que cada peso gastado en asuntos estrictamente necesarios y destinado a programas que generen un beneficio tangible y sostenible para la sociedad. Exigir a un gobierno que maneje de manera eficiente el dinero de los contribuyentes no es solo un deber cívico, sino una obligación moral que toda democracia debería sostener.
Sin embargo, este enfoque se puede distorsionar peligrosamente cuando la austeridad se convierte en un populismo de “miseria institucional”, en el que los recortes no solo afectan los gastos innecesarios, sino también la operatividad mínima que cualquier administración necesita para funcionar de manera adecuada. Cuando los funcionarios públicos deben realizar sus funciones con miedo constante a ser acusados de despilfarro, por cosas tan simples como organizar un almuerzo de trabajo para una jornada de planificación o recibir a delegaciones internacionales con dignidad, caemos en una trampa de limitaciones que son más dañinas que útiles.
El Precio de la Misadministración
- Pérdida de Capital Humano Calificado
El primer riesgo evidente de gestionar con miseria es la incapacidad de atraer y retener a los mejores profesionales en el sector público. Las personas altamente capacitadas, que el país necesita para llevar adelante políticas complejas y ambiciosas, no estarán dispuestas a trabajar en un entorno donde los recursos son tan escasos que el ejercicio de sus funciones se vuelve un constante sacrificio personal. Los mejores talentos optarán por el sector privado o por oportunidades internacionales, dejando al Estado con un equipo menos preparado y menos eficaz. - Tentaciones hacia la Corrupción
En un segundo plano, pero no menos preocupante, está la posibilidad de que los funcionarios públicos, al verse limitados y obligados a poner dinero de sus bolsillos para cubrir los gastos asociados a su trabajo, se sientan presionados a recurrir a prácticas corruptas. La falta de recursos para ejecutar sus labores puede crear incentivos perversos: cuando un funcionario ve que su salario no es suficiente para cubrir el nivel de responsabilidad que su cargo implica, las tentaciones de buscar ingresos adicionales por vías indebidas pueden intensificarse. Y así, el ciclo de corrupción que tanto intentamos romper se reactiva.
Austeridad Inteligente: El Camino del Equilibrio
Lo que el país necesita no es un gobierno de miserias, sino un gobierno de austeridad inteligente. Un gobierno que invierta con transparencia y que tenga los recursos necesarios para ejecutar sus funciones de manera eficiente, sin despilfarrar y, al mismo tiempo, sin sofocar su propia capacidad operativa. La diferencia entre estas dos versiones es más que semántica; es un asunto de estrategia y visión.
Un gobierno austero debería enfocarse en tres pilares: eficiencia del gasto, transparencia en la administración, y garantía de que los servidores públicos puedan desempeñar sus funciones sin caer en precariedad. Se necesita un equilibrio en el cual se persiga la excelencia sin incurrir en lujos innecesarios, pero también sin sacrificar la dignidad y el rendimiento de quienes gestionan el Estado.
Lo Perfecto es Enemigo de lo Bueno
El populismo de la miseria es un discurso atractivo, especialmente en tiempos donde la desigualdad y la corrupción han minado la confianza en las instituciones. Pero debemos tener cuidado con la trampa de creer que la solución es gestionar el gobierno con recursos tan escasos que afecten el servicio público. Una austeridad malentendida puede resultar más cara que un gasto bien administrado, ya que los costos sociales y económicos de un gobierno ineficaz son insostenibles a largo plazo.
En lugar de eso, construyamos un debate que no solo exija accountability, sino que también comprenda las complejidades de gobernar de manera eficaz. La calidad del gasto no es un enemigo del progreso; es su base. Exijamos lo que es justo, pero no pidamos un gobierno de miseria que no pueda sostenerse. El desarrollo de una nación no se gestiona desde la escasez extrema, sino desde la inversión responsable y visionaria.
Ing. Edgar Caraballo
