En las recientes elecciones, la mayoría de las encuestas acertaron en sus pronósticos, aunque los resultados finales se distanciaron de los porcentajes originalmente previstos para el presidente Luis Abinader. Las encuestas, publicadas semanas antes de los comicios, reflejaban un momento en el que el presidente gozaba de un alto apoyo.
Sin embargo, en la recta final de la campaña, la desesperación se apoderó de la oposición, que inició una despiadada campaña de desinformación contra el presidente. Esta estrategia incluyó la propagación de fake news, rumores infundados y el uso de inteligencia artificial para manipular la información. Estos ataques mellaron, aunque levemente, la imagen del presidente Abinader.
La campaña de desinformación fue extensa y variada. Primero, se dispersó un rumor falso de que el presidente había llamado “plaga” a los motoconchistas. Luego, se difundió una voz falsa del presidente, creada por inteligencia artificial, en la que supuestamente había hecho acuerdos oscuros con políticos haitianos. Además, instrumentalizaron y tergiversaron el voto dominicano en la ONU a favor de la creación del estado palestino, convirtiendo esto en un asunto religioso.
La desinformación no se detuvo ahí. Hubo falsas portadas de periódicos, artículos inventados y otras prácticas vergonzosas, todo con el único fin de detener el meteórico avance de la candidatura del presidente Abinader.
Vivimos en un país donde la lectura y la investigación personal es escasa y muchas personas forman sus opiniones basándose únicamente en los titulares de las noticias y en lo que escuchan. Esto es alarmante, ya que muchos ni siquiera comprenden conceptos básicos como la diferencia entre un Estado laico y una historia bíblica.
A pesar de estos ataques, el daño no fue tan grave como podría haber sido, y el presidente Abinader logró mantener su posición. Sin embargo, este episodio debe servir como una llamada de atención. La difusión de información falsa y manipulada tiene un impacto real en la percepción pública y en la salud de nuestra democracia.
El mundo avanza a un ritmo vertiginoso y la tecnología evoluciona de manera sorprendente. No sabemos en qué estado nos encontraremos dentro de cuatro años, pero como sociedad debemos proponernos abordar estos desafíos. La Junta Central Electoral, como ente de control, debe comenzar a idear soluciones, establecer medidas preventivas y aplicar castigos a este tipo de prácticas asqueantes. Solo así podremos garantizar la integridad de nuestros procesos democráticos y proteger a nuestros líderes y ciudadanos de la desinformación y la manipulación.
Edgar Caraballo


