Por José Antonio González

La democracia tiene una gran virtud: permite que los ciudadanos decidan quién debe gobernarlos y garantiza la alternancia pacífica del poder. Pero desde sus inicios arrastra una pregunta que nunca ha perdido vigencia: ¿es posible que una mayoría se equivoque al momento de elegir?

Hace más de dos mil años, Sócrates ya reflexionaba sobre este asunto. No porque estuviera en contra de la participación popular, sino porque entendía que gobernar es una tarea que exige preparación, conocimiento y criterio. Para explicar su punto, recurría a un ejemplo muy simple: cuando alguien necesita una operación delicada, no busca al médico más simpático ni al más popular, sino al que está mejor capacitado para realizarla. Entonces, ¿por qué habría de ser diferente cuando se trata de conducir el destino de una nación?

Hoy esa reflexión vuelve a cobrar fuerza. En distintos países hemos visto surgir líderes cuyo principal atractivo consiste precisamente en no ser políticos tradicionales. Se presentan como outsiders, como figuras ajenas al sistema, y construyen su discurso a partir del cansancio ciudadano frente a la corrupción, la burocracia o las promesas incumplidas de la clase política. Para muchos votantes, representan una ruptura con todo aquello que consideran que ha fallado.

Es una reacción comprensible. Cuando la gente pierde la confianza en las instituciones y en quienes las dirigen, busca alternativas. Sin embargo, el hecho de no provenir de la política no convierte automáticamente a alguien en un mejor gobernante. Del mismo modo que ser político no garantiza capacidad, tampoco la falta de experiencia política debe considerarse una virtud en sí misma.

Gobernar un Estado requiere mucho más que buenas intenciones. Exige conocer el funcionamiento de las instituciones, manejar conflictos, construir acuerdos, enfrentar crisis y tomar decisiones complejas que afectan a millones de personas. No basta con tener éxito en los negocios, en los medios de comunicación o en cualquier otra actividad profesional. La conducción de un país posee desafíos propios que no siempre pueden resolverse con fórmulas simples.

Ahí es donde la advertencia de Sócrates resulta especialmente relevante. El verdadero riesgo no está en que una persona sin trayectoria política aspire al poder. En democracia, cualquier ciudadano tiene derecho a hacerlo. El riesgo aparece cuando el desencanto se convierte en el único criterio de elección. Cuando se vota más por rechazo que por convicción. Cuando la frustración sustituye al análisis de propuestas, capacidades y antecedentes.

La historia ofrece ejemplos de sobra. En períodos de crisis o de desconfianza hacia los partidos tradicionales suelen emerger líderes que prometen soluciones rápidas para problemas complejos. Algunos han impulsado transformaciones positivas; otros, por el contrario, han debilitado instituciones, concentrado poder o profundizado la división social. La diferencia nunca ha estado en si eran políticos o no, sino en la forma en que ejercieron el poder una vez llegaron a él.

Por eso, la pregunta que cada elector debería hacerse no es si un candidato pertenece o no a la clase política. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿está preparado para gobernar? ¿Tiene la visión, el carácter, el conocimiento y el compromiso necesarios para dirigir el Estado en beneficio de todos?

La democracia no consiste únicamente en el derecho a elegir. También implica la responsabilidad de hacerlo con prudencia. Un voto es mucho más que una expresión de esperanza o de enojo; es una decisión sobre el futuro colectivo.

Si Sócrates pudiera observar nuestro tiempo, probablemente nos recordaría que ninguna sociedad mejora simplemente porque aparece un supuesto salvador. Las naciones progresan cuando sus ciudadanos ejercen un voto informado, crítico y responsable. Porque, al final, la calidad de una democracia depende tanto de quienes gobiernan como de la sabiduría con la que los ciudadanos los eligen.

El desafío de nuestra época no es encontrar figuras mesiánicas que prometan resolver todos los problemas. El verdadero desafío es elegir líderes capaces, responsables y comprometidos con el fortalecimiento de las instituciones y la construcción del bien común.

Por Héctor Julio Peña

Editor 849 Noticias

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