La controversia desatada por las declaraciones de Tony Peña Guaba sobre la posibilidad de sustituir vehículos de combustión por eléctricos demuestra hasta dónde puede llegar la interpretación política de unas palabras cuando se pretende convertir una propuesta razonable en una supuesta muestra de insensibilidad social.
Durante una entrevista en la que se discutía el elevado precio de los combustibles, el dirigente político planteó que próximamente cambiaría algunos de sus vehículos por modelos eléctricos. Bastó esa declaración para que comenzara una especie de fusilamiento mediático, presentándolo como un hombre desconectado de la realidad económica de los dominicanos.
Pero ¿desde cuándo plantear una alternativa al consumo de combustibles fósiles constituye una ofensa a quienes padecen sus elevados precios?
El encarecimiento de los carburantes no comenzó con el Gobierno de Luis Abinader ni es un fenómeno exclusivo de la República Dominicana. Durante décadas, la volatilidad del mercado petrolero, los conflictos internacionales y las tensiones geopolíticas han obligado a la industria automotriz mundial a desarrollar vehículos cada vez más eficientes y menos dependientes del petróleo.
Precisamente por eso surgieron y se expandieron alternativas como los vehículos híbridos y eléctricos. Empresas como Tesla, encabezada por Elon Musk, y numerosos fabricantes chinos han apostado miles de millones de dólares a una transformación que ya está cambiando la industria automotriz mundial.
Lo que Tony Peña Guaba plantea no es ninguna ridiculez. Es, sencillamente, una de las respuestas que el mundo está desarrollando frente a la dependencia de los combustibles fósiles.
Naturalmente, no todos los dominicanos tienen capacidad económica para adquirir un vehículo eléctrico. Eso es una realidad incuestionable. Pero tampoco todos pueden comprar un vehículo nuevo, instalar paneles solares o sustituir sus electrodomésticos por equipos de bajo consumo. Y esa limitación económica no convierte ninguna de esas alternativas en una propuesta equivocada.
Una cosa es reconocer que una solución todavía no está al alcance de todos y otra muy distinta es desacreditarla por esa razón.
Incluso, el verdadero debate debería concentrarse en cómo facilitar el acceso a estas tecnologías, ampliar la infraestructura de recarga y desarrollar políticas que permitan reducir progresivamente nuestra dependencia del petróleo.
La sensibilidad social de un dirigente político no puede medirse exclusivamente por una expresión aislada de una entrevista, mucho menos cuando se prescinde del contexto económico y tecnológico de lo que está planteando.
Se puede cuestionar la forma en que Tony Peña Guaba comunicó su propuesta. Se puede argumentar que debió explicar mejor las limitaciones económicas que enfrenta la mayoría de la población. Pero de ahí a presentarlo como un funcionario indiferente ante las dificultades de los dominicanos existe una distancia considerable.
La crítica política es legítima; la manipulación de una declaración para fabricar indignación es otra cosa.
Porque, al final, lo verdaderamente absurdo no es sugerir la transición hacia vehículos eléctricos. Lo absurdo sería pretender que, frente al encarecimiento de los combustibles, la sociedad renuncie a discutir las alternativas que precisamente se están desarrollando para reducir su dependencia de ellos.

