En los últimos días se ha desatado una campaña coordinada, agresiva y carente de rigor técnico que busca minar la confianza del pueblo dominicano en una de las obras más emblemáticas del gobierno del PRM: la nueva Línea 2‑C del Metro hacia Los Alcarrizos. Una avalancha de opinadores, sin formación en ingeniería ni criterios periodísticos serios, se ha dedicado a cuestionar la calidad de la obra sin presentar un solo plano, estudio o evidencia técnica que sustente sus afirmaciones.
Todo se basa en especulación. Paradójicamente, ni los ingenieros de la oposición han respaldado tales denuncias, lo que revela que esta ofensiva no es técnica, sino política. Aun así, sectores de la oposición —aunque con cautela en lo público— alientan desde las sombras a sus principales voceros digitales para mantener el bombardeo de dudas. Cuestionamientos que, lamentablemente, encuentran eco en algunos sectores que, por desconocimiento técnico o por simple desconfianza natural, terminan creyendo en relatos construidos con fines puramente electorales.
En las últimas horas, la OPRET ha difundido un video institucional mostrando imágenes del avance de la obra y testimonios de representantes de una de las empresas contratistas, quienes detallan su experiencia y las calidades técnicas de sus procesos constructivos. Pero este esfuerzo, aunque valioso en el plano comunicacional, puede resultar contraproducente.
¿Por qué? Porque al salir con un video que intenta responder desde lo técnico y lo institucional, el gobierno está confirmando —sin quererlo— que los ataques están funcionando. Está demostrando sensibilidad ante una narrativa que nunca fue técnica, sino estratégica: sembrar dudas, desacreditar, instalar la percepción de una obra improvisada o mal construida. Una campaña que no busca la verdad, sino debilitar la imagen de un proyecto emblemático del gobierno de Luis Abinader y el PRM.
La respuesta no puede limitarse a videos corporativos, planos, datos o testimonios técnicos. El debate no está en ese terreno. Esta es una batalla política, y como tal, debe responderse con herramientas políticas: vocería firme, contextualización estratégica, denuncia de la manipulación informativa, y sobre todo, ofensiva comunicacional que devuelva el enfoque al interés colectivo que representa esta obra.
Resulta especialmente preocupante que un gobierno que ha mostrado gran sensibilidad frente a los temas que se posicionan en redes sociales, esta vez no haya logrado blindarse a tiempo ante una campaña que era evidente desde hace meses. Se han dejado «meter pelotas», como se dice popularmente. La lentitud en articular una respuesta política de fondo ha permitido que una narrativa sin fundamentos técnicos gane terreno.
La Línea 2‑C del Metro no está siendo cuestionada por sus estructuras, ni por informes técnicos serios. Está siendo atacada como símbolo de avance, de transformación territorial y de movilidad popular. Quienes hoy la cuestionan no están pensando en seguridad estructural, están calculando impacto electoral.
Y es que esta obra representa mucho más que una solución de transporte: es un emblema de la capacidad del gobierno del PRM para construir soluciones de primer mundo, con estándares modernos, planificación rigurosa y resultados tangibles. Es prueba de que se pueden ejecutar transformaciones reales sin desbordes presupuestarios, con transparencia, eficiencia y —sobre todo— sin corrupción. Es también una señal clara de que este gobierno sabe hacer más con menos, construyendo obras de gran impacto social a costos razonables, con empresas responsables y supervisión institucional activa. Atacar el Metro, en ese contexto, no es solo atacar una infraestructura: es intentar minar la narrativa de un gobierno que está cumpliendo, que está modernizando, y que lo está haciendo de manera limpia.
En consecuencia, la defensa del Metro no puede ser tímida ni ingenua. Debe asumir que el adversario no está en el plano técnico, sino en el terreno especulativo, de rumores y descréditos sutiles que buscan erosionar la opinión pública. Y en ese campo, el silencio, la reacción tardía o la respuesta meramente técnica, juegan en contra.
El Metro de Los Alcarrizos es mucho más que una solución de transporte: es el reflejo de una gestión que ha demostrado que en República Dominicana sí se pueden hacer obras de gran envergadura con eficiencia, con transparencia y sin corrupción. Es la prueba de que el cambio prometido puede traducirse en infraestructura de primer mundo, pensada para servir a los que históricamente han sido excluidos. Atacarlo sin fundamentos técnicos no es un debate legítimo, es un intento de frenar un modelo de gobierno que construye, transforma y dignifica. Defender esta obra no es solo una obligación institucional, es una responsabilidad política. Y hacerlo requiere más que datos y planos: requiere firmeza, visión y un mensaje claro al país de que el futuro no se detiene.
Edgar Caraballo
Ingeniero Electromecánico
