En cuestión de horas, un video y una cadena de versiones sin confirmar convirtieron un supuesto incidente en La Romana en una alarma familiar. Se habló de disparos, heridos, enfrentamientos y hasta de una supuesta infidelidad. Karen Yapoort tuvo que salir públicamente a desmentirlo y a tranquilizar a familiares y amigos que comenzaron a llamarla preocupados.
La escena retrata uno de los peores vicios de las redes sociales: la noticia falsa viaja a velocidad de vértigo, mientras la verdad tiene que correr detrás tratando de alcanzarla.
Pero esta vez hay algo todavía más preocupante. En medio de la tormenta comenzó a circular un audiovisual atribuido a Edwin Encarnación, que posteriormente fue eliminado y que ha sido generado mediante inteligencia artificial. A partir de ese material se construyó todavía más narrativa alrededor de una crisis matrimonial que, independientemente de lo que ocurra en la intimidad de esa relación, pertenece fundamentalmente al ámbito privado de una familia.
Y aquí es donde el periodismo y las redes sociales tienen que establecer una diferencia.
Una cosa es informar que existe una crisis matrimonial cuando sus protagonistas la hacen pública. Otra muy distinta es llenar los espacios que dejan los hechos con versiones, acusaciones, videos manipulados y relatos diseñados para provocar indignación, morbo o clics.
El problema de la inteligencia artificial no es solamente que pueda fabricar imágenes o videos convincentes. Es que puede fabricar contextos completos: poner palabras en boca de una persona, atribuirle confesiones, construir escenas y hacer que millones de personas reaccionen antes de preguntarse si aquello ocurrió realmente.
Y una vez que ese contenido se vuelve viral, borrarlo no significa hacerlo desaparecer. Alguien ya lo descargó. Alguien ya lo publicó de nuevo. Alguien ya lo convirtió en una captura. Y miles de personas ya lo dieron por cierto.
Karen lo explicó desde el lugar más sensible: mientras las redes hablaban de tiros y tragedias, ella estaba en su casa con sus hijos, preparándolos para ir al colegio al día siguiente.
Ese contraste debería hacernos pensar.
Detrás de los nombres que convierten en tendencia hay personas. Detrás de los titulares hay familias. Y detrás de cada matrimonio que atraviesa una crisis hay historias, sentimientos y, en este caso, hijos que tendrán que convivir con las consecuencias de todo lo que los adultos digan o hagan públicamente.
Edwin y Karen tendrán que resolver sus diferencias donde corresponda. Si existe un proceso legal, serán los tribunales y sus abogados quienes deberán manejarlo. Si existen asuntos personales que aclarar, corresponde a ellos decidir cuánto quieren hacer público.
A nosotros nos corresponde algo mucho más sencillo: no convertir el dolor ajeno en entretenimiento.
Porque una cosa es informar y otra muy distinta es alimentar el morbo.
El morbo no busca saber qué ocurrió; busca saber qué pasó después, quién engañó a quién, quién dijo qué, quién salió herido y qué nueva revelación puede aparecer mañana.
Pero el morbo tiene una particularidad que muchas veces olvidamos: no construye nada. Destruye.
Destruye reputaciones, profundiza heridas y puede terminar convirtiendo una crisis familiar en una guerra pública de la que, especialmente los hijos, tendrán que cargar las consecuencias.
Quizás este episodio debería dejarnos una lección más importante que el propio escándalo: en tiempos en que la inteligencia artificial puede fabricar una mentira con apariencia de verdad, la prudencia dejó de ser una virtud y se convirtió en una necesidad.
Antes de compartir, hay que verificar.
Antes de juzgar, hay que escuchar.
Y antes de convertir la intimidad de una familia en espectáculo, deberíamos recordar que ellos tendrán que seguir viviendo con las consecuencias cuando nosotros hayamos pasado al próximo tema viral.
Edgar Caraballo
