Santo Domingo- En un país donde a menudo los titulares se centran en la delincuencia, el microtrafico o la cultura que romantiza lo prohibido, resulta refrescante —y necesario— poner en perspectiva una verdad estadística y social de gran peso: la mayoría de nuestros jóvenes no está atrapada en el mundo de las drogas, sino que lucha día a día por superarse.
Así lo plantea Alejandro Abreu, sociólogo y actual presidente del Consejo Nacional de Drogas, en una entrevista reveladora realizada este miércoles en el programa EL SOL DE LA TARDE, en la que desmonta con datos y análisis el mito de que la juventud dominicana está perdida. Lejos de eso, más de 2.8 millones de estudiantes están actualmente inscritos en el sistema educativo, sin contar los cientos de miles que se capacitan en programas técnicos del INFOTEP o los que se forman en universidades.
Frente a los más de 30 mil puntos de droga que estimaciones no oficiales reconocen, Abreu hace una comparación directa: si se multiplicaran por 10 personas involucradas en su operación, serían unas 300 mil personas. Y aunque eso es grave, el número es ampliamente superado por la juventud sana, activa y en proceso de formación.
Pero hay un problema más profundo: quienes están asociados a las drogas y al delito dominan el terreno mediático, las redes sociales, ciertos géneros musicales y la narrativa de calle. En cambio, el joven que estudia, trabaja o emprende no tiene un reflector sobre sí. Y ahí nace la falsa percepción de que “todos los jóvenes andan en lo mismo”.
Sin embargo, el Consejo Nacional de Drogas opera en condiciones presupuestarias alarmantemente precarias. Desde el año 2023, debido a cambios introducidos por la nueva Ley de Lavado de Activos y Confiscaciones, la institución dejó de recibir el 20% de los fondos provenientes de bienes incautados al narcotráfico, que históricamente fortalecían sus operaciones. Hoy, el Consejo carece de los recursos necesarios para ejecutar de manera plena sus programas de prevención, atención y rehabilitación, a pesar de que organismos internacionales han advertido que por cada peso invertido en prevención se ahorran diez en seguridad y salud. Paradójicamente, mientras la amenaza crece, el brazo institucional llamado a prevenirla está siendo debilitado.
El Estado dominicano no cuenta ni siquiera con un centro de rehabilitación propio, y el Consejo propone crear un modelo que sirva de referente y escuela de formación.
Estas declaraciones deberían encender las alarmas, pero también inspirar acción. Porque la juventud dominicana no está perdida; está desatendida, invisibilizada y, muchas veces, desmoralizada por la falta de reconocimiento. Sin embargo, sigue ahí, luchando, aprendiendo, soñando con un mejor futuro, y en número supera —con creces— a aquellos que cayeron en las redes del consumo.
Es hora de que la narrativa nacional lo refleje.
Es hora de que el Estado actúe en consecuencia.
Edgar Caraballo
Ingeniero Electromecánico
