Las mujeres han sabido convertir sus luchas en causas colectivas. Mientras tanto, millones de hombres siguen enfrentando en silencio enfermedades, depresión, dificultades económicas y tragedias personales.
Cada octubre, el mundo se viste de rosa. Instituciones públicas, empresas privadas, medios de comunicación y organizaciones sociales se movilizan en torno a una causa que merece todo nuestro reconocimiento: la prevención y la lucha contra el cáncer de mama.

Las mujeres han logrado algo extraordinario. Han convertido una enfermedad en una causa colectiva, han conseguido sensibilizar a la sociedad y han construido una poderosa red de solidaridad que trasciende fronteras, ideologías y clases sociales.
Y eso es admirable. No hay absolutamente nada que reprocharles. Al contrario, hay mucho que aprender de ellas.
Pero hay una pregunta que como sociedad debemos comenzar a hacernos: ¿dónde está esa misma solidaridad cuando quienes están muriendo son los hombres?
En enero de 2026, la organización británica Prostate Cancer UK informó que el cáncer de próstata se había convertido en el cáncer más diagnosticado del Reino Unido, superando incluso al cáncer de mama. Las estadísticas de Inglaterra ya habían registrado esa situación en años anteriores.
En América Latina y el Caribe, las cifras tampoco permiten indiferencia. Según estimaciones de GLOBOCAN correspondientes a 2022, el cáncer de próstata provocó 60,792 muertes masculinas, mientras que el cáncer de mama ocasionó 61,228 fallecimientos femeninos. Dos tragedias de magnitudes prácticamente idénticas.
Sin embargo, basta observar la movilización social alrededor de ambas enfermedades para advertir una diferencia notable en su visibilidad pública.
El cáncer de mama tiene su mes, sus campañas, sus símbolos y una formidable capacidad de convocatoria. El cáncer de próstata también tiene jornadas de concientización, organizaciones y esfuerzos institucionales, pero todavía está lejos de alcanzar una movilización social comparable.
Y el problema no termina en el cáncer.
Hay otra enfermedad silenciosa que está acabando con la vida de miles de hombres: la depresión, muchas veces agravada por la soledad, las presiones económicas y la dificultad de pedir ayuda.

De acuerdo con Naciones Unidas, la tasa mundial de mortalidad por suicidio entre los hombres fue más del doble que entre las mujeres en 2021. En las Américas, la Organización Panamericana de la Salud ha documentado una diferencia todavía mayor.
Detrás de esas estadísticas hay historias que pocas veces llegan a convertirse en causas nacionales. Hombres que perdieron sus empleos, que enfrentan deudas imposibles de pagar, que atraviesan separaciones, que padecen enfermedades o que simplemente sienten que han fracasado frente a las expectativas que la sociedad depositó sobre ellos.
A muchos se les ha enseñado desde pequeños que deben ser fuertes, resolver sus problemas, mantener a sus familias y no mostrar debilidad. Que llorar es vergonzoso, que pedir ayuda es señal de incapacidad y que sus angustias deben resolverlas por cuenta propia.
Y así, mientras unos encuentran apoyo, otros terminan consumiéndose en silencio.
No significa que las mujeres no enfrenten sufrimientos semejantes. Significa que ellas han desarrollado una extraordinaria capacidad para organizarse, visibilizar sus problemas y convertir sus necesidades en reivindicaciones colectivas.
Los hombres, en cambio, todavía tenemos una enorme deuda con nosotros mismos.

Nos cuesta hablar de nuestras enfermedades, de nuestros miedos, de nuestras frustraciones y, sobre todo, de nuestra salud mental. Nos cuesta construir espacios de solidaridad donde un hombre pueda reconocer que está sufriendo sin temor a ser ridiculizado o considerado débil.
Pero esa responsabilidad no corresponde exclusivamente a los hombres. También es responsabilidad del Estado, de las instituciones sanitarias, de las empresas, de los medios de comunicación y de una sociedad que muchas veces exige fortaleza masculina sin preguntarse cuánto cuesta sostenerla.
La República Dominicana cuenta con iniciativas para la prevención del cáncer de próstata, pero necesitamos preguntarnos si estamos haciendo lo suficiente para convertir esa preocupación en una verdadera movilización nacional.
No se trata de quitarle un solo peso a la lucha contra el cáncer de mama, ni de restarle importancia a ninguna de las conquistas alcanzadas por las mujeres.
Se trata de comprender que la solidaridad no debería depender del sexo de quien sufre.

Ojalá los hombres aprendamos de las mujeres esa extraordinaria capacidad de unirnos alrededor de nuestras causas. Ojalá llegue el día en que hablar de depresión masculina, prevención del suicidio o cáncer de próstata despierte el mismo entusiasmo institucional, empresarial y ciudadano que hoy acompañan otras campañas de salud.
Porque detrás de cada hombre que muere también queda una familia, unos hijos, una madre, una esposa o unos seres queridos que sufren su ausencia.
Y porque la vida de un hombre no debería necesitar una tragedia para merecer atención.
Las mujeres nos han enseñado cómo se construye una causa colectiva. Quizás ha llegado el momento de que los hombres aprendamos a luchar también por nosotros mismos.

