El caso de Julián Oro Duro y la presunta traición de su chófer ha abierto una discusión que merece hacerse con cuidado. Quien traiciona la confianza de su empleador debe responder por sus actos, pero un hecho individual no puede convertirse en condena colectiva contra miles de hombres que han ejercido ese oficio con honestidad, discreción y dignidad.
Ser chófer privado no es solo conducir un vehículo. Es un empleo donde se deposita una confianza enorme: esa persona conoce movimientos, horarios, rutinas, negocios, problemas y, muchas veces, intimidades de una familia. Hay chóferes que pasan una vida entera sirviendo en esa condición. Madrugan, esperan, conducen bajo el sol y bajo la lluvia, y siguen disponibles cuando los demás ya terminaron su jornada. Muchos ni siquiera tienen vehículo propio. Llegan en un motor viejo, a pie o en transporte público, pero tienen que estar puntuales, porque el reloj del jefe no se detiene por las dificultades del trabajador.
Ahí aparece una de las escenas más contradictorias de nuestra sociedad. El chófer acompaña a su empleador a un restaurante y se queda afuera. Espera en la acera o en el vehículo mientras adentro hay abundancia. Ve entrar y salir regalos, canastas, paquetes, botellas y artículos costosos. Con frecuencia es él mismo quien los carga, los transporta y los entrega. Ve la opulencia de cerca y vive la necesidad en carne propia. Y aun así, la inmensa mayoría sigue haciendo su trabajo con dignidad.
Eso también hay que mirarlo. Porque cuando una familia prescinde de sus servicios después de diez, quince o veinte años, ese hombre muchas veces vuelve a su casa sin certeza de cómo sostendrá a los suyos. En algunos casos hasta tiene que pelear prestaciones que debieron reconocerse sin humillación. Son trabajadores que entregan buena parte de su vida al servicio de otros. Por eso no es justo que un caso de traición sirva para estigmatizar a todo un oficio.
La traición no es patrimonio de los chóferes. La historia está llena de hermanos, hijos, esposas, esposos, socios y amigos que rompieron vínculos mucho más profundos que una relación laboral. Hasta la Biblia, desde sus primeras páginas, está cruzada por historias de quienes traicionaron a los que tenían cerca. El problema no es el oficio. El problema es la persona que decide convertir en arma la confianza que se le depositó.
Si usted tiene un chófer, no lo reduzca a quien le abre la puerta, conduce el vehículo o carga los paquetes. Reconózcalo. Es alguien que ha visto lo que otros no ven, que conoce una parte importante de su vida y que, aun sumido muchas veces en necesidades que usted no tiene, ha decidido respetar su privacidad y mantenerse leal. Eso también es dignidad. Eso también es confianza. Y eso también merece ser reconocido.

