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Los Alcarrizos no necesita un espectáculo de fuerza.

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En estos momentos, Los Alcarrizos está siendo escenario de una intervención policial que, desde cualquier análisis objetivo, resulta desproporcional. No se trata de idealizar la realidad del municipio —nunca fue el Jardín del Edén—, pero tampoco existían condiciones que justificaran un despliegue de fuerza como el que hoy se observa en las calles. Convoys policiales, operativos masivos y una presencia sobredimensionada proyectan más la imagen de un territorio en crisis que la de una comunidad que venía construyendo niveles aceptables de estabilidad.

El problema de fondo es conceptual. La seguridad ciudadana no se construye con exhibiciones de fuerza, sino con inteligencia, prevención y conocimiento del territorio. Este tipo de despliegue, lejos de generar tranquilidad, produce el efecto contrario: zozobra, persecuciones innecesarias, requisas indiscriminadas y una sensación colectiva de desorden. Es una estrategia que busca aparentar control, pero que en la práctica desconecta a la Policía de la comunidad, debilitando el principal activo de cualquier política de seguridad: la confianza ciudadana.

Todo esto responde, una vez más, al modelo anacrónico de rotación constante de mandos. Cada nueva autoridad llega a “aprender”, a ensayar, a imponer su estilo, ignorando avances previos y obligando a la población a pagar el costo de esa curva de aprendizaje. Lo correcto habría sido un proceso de transición inteligente: diálogo con juntas de vecinos, identificación de actores clave, continuidad en lo que funcionaba y enfoque en los puntos críticos aún pendientes. En lugar de eso, se ha optado por la improvisación y la demostración de fuerza. Y así, Los Alcarrizos vuelve a ser tratado no como una comunidad, sino como un experimento.

Edgar Caraballo

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