Por Jose Antonio Gonzalez:
La pasión de Jesús comienza con la Última Cena, un momento cargado de un simbolismo teológico que condensa el corazón mismo del cristianismo. Según los evangelios sinópticos, en el marco de la Pascua judía, Jesús instituye la Eucaristía al identificar el pan con su cuerpo entregado y el vino con su sangre derramada, estableciendo así una alianza nueva y definitiva entre Dios y la humanidad. San Agustín veía en este gesto el sacramento del amor llevado hasta el extremo, donde Cristo no solo anuncia su muerte, sino que se anticipa sacramentalmente a ella, entregándose antes de ser entregado.
Santo Tomás de Aquino desarrollará esta intuición afirmando que en la Eucaristía Cristo permanece realmente presente como alimento para la Iglesia peregrina, haciendo de su sacrificio algo perpetuamente actual. No se trata de una mera conmemoración, sino de la actualización incruenta del único sacrificio redentor. De ahí que la Última Cena no sea solo el inicio narrativo de la pasión, sino su clave interpretativa: la cruz ya está contenida en el pan partido.
El evangelio de Juan añade el lavatorio de los pies, un gesto que algunos Padres de la Iglesia calificaron como sacramento del servicio. Para Orígenes y Agustín, Cristo se despoja de su dignidad visible para revelar la lógica invertida del Reino: el Señor se hace siervo. Aquí se anticipa la kénosis de Filipenses 2, que culminará en el Calvario. La redención no acontece desde la fuerza, sino desde la humillación voluntaria.
Sin embargo, este momento de intimidad se ve atravesado por la traición. Judas Iscariote entrega a Jesús por treinta monedas de plata, cifra que evoca el precio de un esclavo en el Antiguo Testamento. La tradición teológica ha debatido largamente el misterio de este acto. San Agustín insiste en que la traición no fue impuesta por Dios, sino permitida en el respeto radical a la libertad humana. Dios integra el mal cometido libremente en su designio salvífico sin ser nunca autor del pecado. Aquí aparece una de las grandes paradojas cristianas: la historia de la salvación avanza, no a pesar del pecado humano, sino asumiéndolo y redimiéndolo.
Tras la cena, Jesús se retira al huerto de Getsemaní, donde se manifiesta con particular intensidad el drama interior del Hijo. La oración —«Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz»— ha sido central para la cristología patrística. San León Magno afirmará que en Getsemaní se revela con claridad la verdadera humanidad de Cristo, que no simula el temor ni el dolor, sino que los asume plenamente. Al mismo tiempo, su obediencia —«no se haga mi voluntad, sino la tuya»— muestra la perfecta comunión filial con el Padre.
San Ireneo de Lyon interpreta este momento como el reverso de la desobediencia de Adán. Allí donde el primer hombre dijo “no” a Dios, Cristo pronuncia un “sí” definitivo. La pasión, entonces, no es un accidente trágico, sino el acto supremo de obediencia reparadora. La redención no ocurre solo porque Cristo muere, sino porque muere obedeciendo.
El arresto nocturno, el juicio apresurado ante el Sanedrín y la acusación de blasfemia revelan la paradoja de un proceso aparentemente legal que encubre una profunda injusticia. Para Santo Tomás, esta injusticia tiene un valor salvífico: Cristo asume el peso de todos los juicios humanos corrompidos para restaurar la justicia desde dentro. Condenado como blasfemo por declararse Hijo de Dios, Jesús muere precisamente por decir la verdad sobre su identidad.
La crucifixión representa el punto culminante del drama. San Anselmo de Canterbury interpretó la cruz como satisfacción vicaria: solo un hombre podía pagar la deuda del pecado, pero solo Dios podía hacerlo plenamente. La cruz es, así, el lugar donde justicia y misericordia se besan. Sin embargo, la teología contemporánea, especialmente en Benedicto XVI, ha matizado esta lectura jurídica subrayando que en la cruz no hay un Padre que exige sangre, sino un Dios que se entrega a sí mismo por amor.
Pero el cristianismo no se detiene en la muerte. La resurrección no es un epílogo piadoso, sino el corazón mismo de la fe. San Pablo lo expresó con radicalidad: «si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe». Para los Padres, la resurrección es la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte, la anticipación del destino final de la humanidad. San Atanasio afirmará que al resucitar, Cristo introduce una nueva condición ontológica: la posibilidad real de la vida eterna.
Así, pasión, muerte y resurrección forman una única obra salvífica. No son episodios aislados, sino un único movimiento del amor divino que desciende hasta el abismo del sufrimiento humano para elevar al hombre a la vida de Dios. En cada Eucaristía, la Iglesia no solo recuerda este misterio: vive de él.
