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La Barranquita: otra señal del fracaso policial

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El episodio sangriento ocurrido en La Barranquita, donde cinco ciudadanos perdieron la vida a manos de la Policía Nacional, no es un hecho aislado ni una excepción. Es la confirmación más cruda de que la llamada reforma policial, proclamada como bandera de modernización y seguridad, ha fracasado estrepitosamente.

Mientras las autoridades insisten en justificar los operativos bajo el pretexto de combatir el crimen organizado, la población observa con indignación cómo la institución encargada de proteger se convierte en protagonista de tragedias. Lo ocurrido en Santiago reaviva una pregunta que la sociedad lleva años formulándose: ¿para quién trabaja la Policía, para el pueblo o para intereses invisibles que se esconden tras la retórica oficial?

Una reforma de papel y discursos

La administración actual lleva más de cinco años hablando de transformación policial. Se han invertido recursos millonarios, se han contratado asesores extranjeros y se han presentado informes rimbombantes. Sin embargo, los resultados son invisibles. En los barrios, la delincuencia común crece, la corrupción dentro del cuerpo policial no se detiene y los abusos se repiten con escalofriante regularidad.

El problema no es de recursos, sino de voluntad. Una reforma que no toca de frente los vicios estructurales —la impunidad interna, las redes de complicidad con el crimen y la falta de controles civiles efectivos— solo sirve para maquillar una institución que hace aguas.

El costo social del engaño

Cada operativo cuestionable, cada balazo mal justificado, cada muerte en circunstancias dudosas erosiona aún más la confianza ciudadana. En La Barranquita, como antes en otros rincones del país, se intenta imponer la narrativa de que los muertos eran criminales. Pero incluso si así fuera, ¿es aceptable que la Policía actúe como juez y verdugo?

La sociedad dominicana no puede normalizar que la respuesta estatal a la inseguridad sea más violencia y menos justicia. Este modelo solo multiplica el miedo, alimenta el resentimiento y perpetúa el ciclo de sangre.

Un llamado impostergable

La Procuraduría tiene en sus manos una responsabilidad histórica: investigar con independencia y ofrecer respuestas claras. Si la investigación se convierte en otro expediente manipulado para proteger a la cúpula, el descrédito no será solo de la Policía, sino del Estado en su conjunto.

El país necesita una reforma real, no ensayos eternos. Una transformación que desmonte la cultura de abuso, que profesionalice de verdad a los agentes, que ponga en el centro la vida humana y que rinda cuentas con transparencia sobre cada peso invertido.

La Barranquita no debe quedar como una estadística más. Es la prueba dolorosa de que la reforma policial, tal como se ha diseñado, es una ilusión costosa y peligrosa. Y la paciencia del pueblo dominicano, cansado de promesas vacías y de funerales innecesarios, se agota.

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