Los “apolíticos”: más políticos que nadie, pero sin votos
En los últimos años, hemos visto cómo la antipolítica se ha convertido en un fenómeno que recorre gran parte de Latinoamérica. Desde distintos sectores se ha levantado un ataque sistemático contra los políticos de carrera, bajo la narrativa de que la política es sinónimo de corrupción, y que los problemas de nuestras sociedades se resolverán cuando el Estado quede en manos de los denominados “entes de la sociedad civil”: periodistas, militares, empresarios, directivos de ONG e incluso comediantes.
Este discurso es un espejismo peligroso. Lo que realmente ha provocado es improvisación, más corrupción, ineficiencia, falta de compromiso social y, en muchos casos, prácticas autoritarias que socavan la democracia.
Los ejemplos internacionales son elocuentes.
La gran y pujante Venezuela, que aunque ciertamente cargaba con mucha corrupción en sus estructuras, terminó en manos de un militar populista. Como consecuencia, el país con la mayor riqueza petrolera de la región pasó a ser uno de los más pobres del continente. Todo esto gracias al mal manejo, la improvisación y la ausencia de visión de Estado en la administración pública.
El segundo caso, más reciente, es el de Nayib Bukele en El Salvador. Un empresario que muchos ven con buenos ojos por los resultados inmediatos en materia de seguridad, pero cuyas prácticas son claramente antidemocráticas. Ha regulado la delincuencia metiendo presa a miles de personas pobres, sin procesos judiciales ni garantías de derechos. Bajo esa fórmula, cualquiera consigue resultados. Hoy El Salvador vive una paz frágil, pero depende enteramente de Bukele para mantenerla: los salvadoreños han ganado paz, pero han perdido su democracia.
En República Dominicana, la historia no es diferente. Hemos visto cómo esta fiebre de “gobiernos de la sociedad civil” nos ha dejado fracasos estruendosos:
- Hugo Beras, su única credencial era conducir un programa de radio sobre vehículos. Esa fue la base que lo llevó a ser designado director del Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (INTRANT). De allí salió “por un canto”, arrastrado por acusaciones de corrupción que hoy manchan su paso por la institución.
- Milagros Germán, la “diva” de la televisión, llegó a ser vocera del Gobierno. Fracasó de tal manera que el propio presidente tuvo que asumir esa función a través de “La Semanal”. Luego la enviaron al Ministerio de Cultura, donde se comprobó que la improvisación y la falta de visión no construyen política cultural. el chiste nos salió caro
- Ángel Hernández, presentado como el “come hombres” llegó pateando dirigentes políticos, enfrentó senadores y diputados, manejó el Ministerio como una empresa privada, el mesías que transformaría la educación, terminó aislado, luego de su salida, ahora inmerso en varias denuncias de corrupción. Otro “salvador” que terminó en la misma cloaca que criticaba. Presidente del club de los salvadores fracasados
- Celso Marranzini, empresario eléctrico y enemigo declarado de la política, fue designado para dirigir el sector energético. ¿El resultado? El país volvió a sufrir apagones en pleno verano, en uno de los momentos más calurosos de la historia. Con él, Abinader enfrenta el mayor desgaste político de sus cinco años en el poder. Un hombre que despotrica de los subsidios y desprecia a los pobres ha logrado, en pocos meses, empañar la estabilidad de todo un gobierno.
¿Y qué nos dice todo esto? Que la política no es un juego, ni un laboratorio de experimentos sociales, ni un espacio para improvisados que creen que gobernar es lo mismo que dar opiniones en televisión o dirigir una empresa. La política es el arte de gobernar, de construir consensos, de administrar los recursos del Estado con visión y responsabilidad.
Sí, la política tiene sus vicios. Sí, los políticos de carrera deben rendir cuentas y ser transparentes. Pero una cosa es mejorar la política, y otra muy distinta es dinamitarla para entregarle el Estado a figuras sin compromiso, sin formación y sin proyecto de nación.
El mito de la sociedad civil como solución es exactamente eso: un mito. Y como todo mito, se desmorona ante la realidad. La verdadera salida está en rescatar la política, en dignificarla, en formar y fortalecer a los políticos de carrera, y en exigirles a ellos, que son los llamados a gobernar, la eficiencia y la honestidad que el pueblo reclama.
Porque, al final, solo la política puede salvar a la política. Lo demás es pura ilusión que siempre termina en tragedia.

